Durante tres días nos sentamos alrededor de varias mesas para hablar del futuro. No de un futuro remoto, imaginado desde la tranquilidad de la distancia, sino de uno que ya había entrado en nuestras aulas, en nuestros teléfonos y en la manera en que miramos el mundo. La inteligencia artificial, los algoritmos, la desinformación y el poder de las plataformas estaban allí como presencias cotidianas, aunque muchas veces no sepamos reconocer su forma ni medir su influencia.

El Seminario Internacional de Expertos y Expertas «Prospectiva AMI-2030» se celebró en Ciudad de México del 20 al 22 de octubre de 2026, organizado por la Universidad Autónoma Metropolitana y la Red Alfamed. Reunió a 36 especialistas procedentes de Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, España, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, Portugal y República Dominicana. La dirección científica estuvo integrada por el Dr. Ignacio Aguaded, la Dra. Caridad García y el Dr. Octavio Islas.
La primera jornada tuvo lugar en la Rectoría General de la UAM. Después nos trasladamos a la Casa Rafael Galván, en la colonia Roma. El edificio, con sus salones y vidrieras, ofrecía una extraña sensación de refugio frente al ruido de la ciudad. Afuera continuaban las pantallas, el tráfico y la circulación incesante de mensajes. Adentro intentábamos comprender qué hacen esas tecnologías con nosotros y qué podemos hacer nosotros con ellas.

En la inauguración, el rector general de la UAM, Gustavo Pacheco López, propuso tres responsabilidades para la universidad pública: educar para la autonomía del discernimiento, reconocer la alfabetización mediática e informacional como una cuestión de derechos y justicia social, y pasar de la reflexión aislada a las acciones coordinadas. Octavio Islas formuló una idea que reaparecería a lo largo de las jornadas: vivimos en una época en la que la verdad compite con la viralidad.
Tal vez esa sea una de las mayores dificultades de nuestro tiempo. La información ya no circula solamente por su importancia o su veracidad. Se desplaza porque provoca miedo, indignación, deseo o curiosidad; porque un sistema calcula que permaneceremos algunos segundos más frente a ella. En medio de ese flujo, la frontera entre elegir y ser conducidos se vuelve cada vez menos visible.
Las conversaciones recorrieron los desafíos más urgentes de la alfabetización mediática e informacional: la relación entre inteligencia artificial y agencia humana, el debilitamiento de las democracias, la resiliencia informativa, los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la cultura algorítmica. También hablamos de influencers, plataformas, ciberacoso, mediación familiar, redes sociales y formación ciudadana. Asimismo, las diferencias entre los países estuvieron presentes en las discusiones. Lo que en un lugar aparece como una necesidad curricular, en otro se vive como una carencia regulatoria, una desigualdad de acceso o una forma de desprotección. No todas las personas llegan al espacio digital con los mismos recursos, ni sufren de la misma manera sus violencias. Recordarlo impedía que nuestras respuestas se volvieran demasiado generales o tranquilizadoras.

El seminario no fue concebido como una sucesión de conferencias. Las personas introductoras abrían los problemas; las relatoras y relatores escuchaban y recogían las ideas que aparecían durante la conversación. A veces una afirmación encontraba resistencia; otras veces regresaba transformada por la experiencia de otro país. Poco a poco, las ideas dejaban de pertenecer a una sola persona y comenzaban a formar parte de una reflexión compartida. De ese trabajo surgirá un manifiesto que reunirá acuerdos y recomendaciones para orientar políticas, programas formativos, proyectos de investigación y alianzas estratégicas. Su horizonte se sitúa en 2030, aunque las decisiones que reclama pertenecen al presente.
Quizá no logramos anticipar por completo el mundo de 2030. Sí conseguimos reunirnos para pensar qué futuro no queremos aceptar sin resistencia. En una época en la que tantas decisiones parecen delegarse en sistemas invisibles, sentarse a escuchar a los demás, sus ideas “porosas”, reconocer las diferencias y buscar acuerdos puede parecer un gesto modesto. Sin embargo, también puede ser una forma de recuperar nuestra capacidad de intervenir en lo que viene.
Agradecemos profundamente a la Universidad Autónoma Metropolitana por abrirnos las puertas de su casa y permitir que este diálogo encontrara un lugar. A la Dra. Caridad García, por la generosidad, el cuidado y el trabajo con que sostuvo cada momento del encuentro; y a las profesoras y los profesores de la UAM, por recibirnos, compartir sus preguntas y hacer que durante esos días nos sintiéramos parte de una misma comunidad. Este encuentro fortalece a nuestra Red: amplía los vínculos entre sus integrantes, abre nuevas posibilidades de colaboración y renueva el sentido de un trabajo que solo puede construirse entre muchas voces.
